Había una vez, en un viejo país, un joven arquitecto que amaba apasionadamente
Y despreciaban al artista. “ese, decían, ¡construye! ¡Construye, luego se mancha!” y tachaban al artista de contaminado, de inculto, de estar de fuera de onda, de impuro.
Había, en ese mismo país, otros arquitectos que crían poseer la exclusiva de la profesionalidad y que, también, estaban convencidos de ser los únicos poseedores de la verdad.
Y despreciaban al artista. “Ese, decían, piensa. ¡Está en las nubes!” Y tachaban al artista de radical, de duro, de no estar con los pies en la tierra, de riguroso, de purista.
Y entre aquellos dos mares furiosos, enfurecidos, nuestro arquitecto, sereno, se hacia fuerte en su isla donde, feliz, pensaba y construía.
Pensaba y concebía en sus pensamientos bellísimas obras que podían y debían hacerse realidad.
Construía y ponía en pie hermosísimas fábricas que plasmaban aquellas ideas con pasmosa claridad.
“Como si ejecutara concibo. Lo que pienso es hacedero, y lo que hago se conforma a lo inteligible”, repetía con el Eupalinos de su querido Valéry.
Y se recreaba en considerar que
“Sin ideas, decía, no puede haber buena Arquitectura:
“Sin construcción, explicaba, no puede haber verdadera Arquitectura:
Y pensando y construyendo, soñando y haciendo realidad esos sueños era, es, inmensamente feliz.
Un día ¡Oh día feliz! nuestro eternamente joven arquitecto, el artista, soñó en vivir en una idea: en una blanca y cúbica cabaña. Pues siempre había pensado que en vez de buscar el Paraíso y en él
Al día siguiente, ¡cuán largo se le hizo aquel día de casi más de un año!, nuestro artista, con la ayuda de otros locos que le entendieron, puso manos a la obra y ¡construyó la idea!
¡Y cómo latía su corazón cuando iban alzándose aquellos muros que proclamaban que aquella realidad era posible!
¡Y cómo tembló su espíritu cuando
¡Y cómo se conmovió todo su ser cuando
El artista creyó morir de felicidad.
Y al tercer día ¡todavía dura ese día! descansó. Y vio que lo que había hecho era bueno. Y vivió en aquella blanca y luminosa casa eternamente feliz.
Y los pájaros venían a posarse sobre ella.
Y los árboles que la circundaban le ofrecían su sombra y sus más sazonados frutos.
Y el aire acariciaba la casa al atardecer.
Y aunque el artista quiso refugiarse en el silencio,
¿Llegará alguien alguna vez en alguna parte a oír el canto de esas voces?
texto de Alberto Campo Baeza aquando da construção da casa Turégano, Madrid, 1988
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